El valor de la familia es importante y nuestra manera de sentir, pensar, actuar, quiénes somos y cómo somos, esta constituida en gran parte por el entorno más inmediato en el que hemos nacido y hemos crecido.
La familia representa en nuestras vidas un eslabón muy importante de unión, amor, y apoyo, nos ayuda en lo personal, a formar nuestro carácter, es el primer lugar donde aprendemos los valores de acuerdo a la formación que nos brindan nuestros padres.
Actualmente estamos viviendo una crisis de valores, las familias se encuentran fracturadas, hemos ido perdiendo poco a poco el valor de las personas, para darle un peso mayor a las cosas, por encima del afecto, cariño, amor y comprensión.
Valorar y aceptar a los hijos con sus cualidades y defectos, les permite a éstos reconocer sus errores y repararnos, ayudándoles a fortalecer su autoestima, independencia y libertad.
El padre siempre tiene una posición de liderazgo y respeto. Pero para ello es necesario entregarse plenamente a la familia. Ser padre es más que una elección y una responsabilidad. Un buen padre guía, ama y apoya a su familia. Los frutos de esta actitud son el honor, el reconocimiento y una larga vida.
Dios nos ha colocado en un lugar donde podemos crecer juntos y dar fruto. La familia es idea de Dios. No elegimos a nuestros parientes y ninguna familia es perfecta. Cada familia es un proyecto en constante crecimiento y aprendizaje: somos hijos, nos convertimos en padres y luego en abuelos. No se aprende en la escuela a ser padre, madre o hijo. Pero, si se lo permitimos, Dios nos guía para que demos pasos firmes en cada momento de nuestra vida.
No hay nada más preciado para los padres que sus hijos. Los niños son una bendición de Dios. Cuantos más hijos, más momentos de alegría y prosperidad. Dios sabe lo precioso que es un niño. Él nos dio a su único Hijo para nuestra salvación. Por este sacrificio perfecto fuimos adoptados y hoy somos llamados hijos de Dios.
Quien tiene el privilegio de tener un hermano o una hermana, debe agradecer a Dios por esta bendición especial. Tener hermanos nos enseña a compartir desde pequeños. Con nuestros hermanos fortalecemos nuestros lazos de sangre y creamos complicidad. Con ellos aprendemos codo con codo a crecer juntos en la fe y en la gracia.